Quien no haya recibido un correo similar a éste, que levante la mano: “Copia y pega este mensaje a diez de tus contactos o sufrirás diez años de mala suerte.” Este tipo de spam es ubicuo y, hasta cierto punto, cargante (aunque constituya una excelente herramienta darwiniana para separar la gente escéptica de la magufa).
Sin embargo, a pesar de que las cadenas de mensajes pudieran parecer un efecto secundario del precio de dichos mensajes (casi cero) y el esfuerzo y tiempo que supone reenviarlos (un click, un segundo), las cadenas de mensajes hunden sus raíces en tiempos en los que el correo electrónico no había sido inventado.
Si partimos de la base de que una cadena de mensajes tiene como objetivo la replicación, independientemente de su contenido, entonces hemos de remontarnos, como mínimo, al año 1902. Es la fecha que propone Daniel W. VanArsdale, un experto en la evolución de las cadenas de mensajes, que halló el siguiente mensaje fechado en ese año: “Haz siete copias de esto exactamente como está escrito”.
James Gleick, en su libro La información, abunda en la propagación de las cadenas de mensajes: